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Tener un hotel o ser un hotel

  • Foto del escritor: Simón Gaviria
    Simón Gaviria
  • hace 1 día
  • 10 min de lectura

Esto, desde Tripby, lo vemos más seguido de lo que te imaginas: hoteleros que son el hotel. No tienen ni cinco minutos para ellos mismos, porque viven yendo de un lado a otro apagando incendios, de día y de noche —porque este es un negocio 24/7, hay que decirlo—. Y muchas veces, justo porque genera tan buen flujo de caja, lo que hacen con ese dinero es comprar otra propiedad, esperando que en algún punto la operación se calme. Pero no se calma. Solo multiplican el problema.


Conocemos a un hotelero en Bogotá que lleva más de 30 años en el oficio. Treinta años. Y todavía hoy, si pasas por su hotel a las seis de la mañana o a las once de la noche, lo encuentras en la recepción. No porque le falte personal: porque siente que el hotel se cae si él no está parado ahí. Cuando le preguntamos cuándo pensaba descansar, su respuesta fue tan honesta como dura: "cuando mis hijos tomen el negocio". Lleva buena parte de su vida esperando ese día.


Y ahí está el problema de fondo: un hotel que depende de una sola persona no es un activo, es un empleo del que no puedes renunciar. El día que lo entregas, no entregas una herencia. Entregas una carga.


Si eres hotelero, respóndenos con honestidad: ¿puedes irte un fin de semana largo, con festivo, sin que te suene el teléfono a las dos de la mañana? ¿Sin pasar tú mismo a hacer las compras? ¿Sin supervisar el desayuno el domingo? ¿O peor: sin tener que bajar a recepción a calmar a un huésped enojado?


Lo que ese hotelero quiere de verdad no es trabajar menos. Es libertad. Poder enfermarse sin que el negocio se enferme con él. Ver crecer a sus hijos sin el celular en la mano. Tomarse un fin de semana sabiendo que el lunes todo va a seguir funcionando.


Y esto no aplica solo a los hoteles. Lo vemos igual en restaurantes, tiendas y casi cualquier negocio: el patrón se repite. El dueño se vuelve el cuello de botella, y el negocio crece hasta donde alcanza su energía… y ni un metro más.


Es construir un negocio que funcione sin ti: procesos que no vivan en tu cabeza, canales de venta que trabajen mientras duermes y precios que se ajusten solos según la demanda. Que el hotel no dependa de que estés parado en recepción, sino de un sistema que ya sabe qué hacer.


En Colombia, según cifras de supervivencia empresarial de Confecámaras, cerca de la mitad de los negocios no llega a los cinco años y solo una fracción cruza la marca de la década. No lo decimos para asustarte. Lo decimos para ubicarte.



Así que te dejamos una sola pregunta, la que de verdad importa: si mañana no pudieras presentarte a trabajar durante un mes entero, ¿tu hotel seguiría funcionando… o se apagaría contigo?


Muchas personas, culturas y empresas alaban al que todo lo puede hacer, a la persona que siempre está al frente dando la cara por el negocio. Y esto nos pasa a nosotros también: siempre queremos estar en todo, verificando que todo se entregue perfecto, revisando los informes mensuales uno a uno para que no haya errores, revisando reserva por reserva. Pero esto no escala en el tiempo — lo único que hace es absorber nuestra energía y quitarla de donde realmente puede generar valor.


En Barranquilla conocimos un hotelero bastante particular. Él mismo preguntaba la fecha de cumpleaños de cada huésped, y ese día, sin falta, a las 7 a.m. lo estaba felicitando. La razón era clara: quería que todo el mundo se acordara de él al momento de viajar. Eso está bien — es un ejemplo donde su presencia suma valor. Pero había otras cosas donde claramente no era así, como ir a entregar las habitaciones en el momento del check-in, o supervisar personalmente cada salida. Cosas que perfectamente podía hacer su equipo con el proceso correcto.


Acá hay algo interesante: hay dos mentiras en las que todos caemos y que nos impiden salir de la operación.


1. "El proceso no está en nuestra naturaleza."

Esto es parte verdad, parte mentira. Mucha gente dice que los procesos quitan creatividad e imaginación, que nos convierten en máquinas frías. Pero eso es falso, y la razón es simple: cuando descubrimos sin querer qué hace feliz a un huésped y lo repetimos o lo comunicamos al equipo, eso es el inicio de un proceso. Cuando corregimos algo que generaba una queja constante, también es el inicio de un proceso. Solo que no lo llamamos así — ahí simplemente somos intuitivos. Pero al final, es un proceso nuevo.


2. "El proceso toma mucho tiempo."

Documentar un proceso puede tomar tiempo, sí. Pero piénsalo así, hotelero: ¿cuánto tiempo tarda un nuevo colaborador en aprender a hacer su trabajo? ¿Un nuevo recepcionista? ¿Una persona de limpieza? Los hoteles independientes están entre los negocios con mayor rotación de personal, por lo que cada vez que llega alguien nuevo, la curva de aprendizaje para entender el PMS o el manejo de reservas consume tiempo — y ese tiempo se traduce directamente en dinero, en pérdida de dinero.


Desde Tripby hemos visto hoteles donde el hotelero termina absorbiendo todas esas tareas por puro desgaste: le da pereza enseñarle a cada persona nueva, entonces lo hace él mismo. Y así entra en un círculo que lo agota cada vez más. Un proceso documentado — del uso del PMS, del manejo de reservas en Booking, del protocolo de check-in — se comparte fácil con cualquier persona nueva y rompe ese ciclo.


Lo contrario también lo hemos visto, sobre todo en las grandes cadenas: procesos tan largos y tan específicos que las personas que llegan no los leen. Textos densos, técnicos, que para quien los recibe no aportan valor suficiente, por lo que terminan operando por instinto — y eso los lleva a cometer exactamente los errores que el proceso buscaba evitar.

El punto no es tener más proceso ni menos proceso. Es tener el proceso correcto.



Las pérdidas que probablemente no estás midiendo


Desde Tripby hemos visto de cerca dónde realmente se está perdiendo — no solo dinero, sino también horas, y habrá pérdidas de las que ni siquiera estás enterado.


Primera pérdida: el talento que se va con todo el conocimiento


Cada persona que sale del hotel es talento que recibió capacitación tuya. Esa capacitación tomó tiempo — tiempo con errores que tú te tomaste la molestia de corregir, uno a uno. Y cuando por fin parece que todo está en orden, la persona se va: por mejor salario, por razones familiares, no siempre lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que al irse se lleva todo el conocimiento que construyeron juntos — conocimiento que hasta ese momento solo existía en su cabeza y en la tuya.


Llega alguien nuevo y el ciclo comienza otra vez desde cero. Supongamos que en un año rotan cinco personas en el mismo cargo: ¿qué hubiera pasado si el proceso hubiera estado escrito desde el principio? Te hubieras ahorrado la curva de aprendizaje de las otras cuatro.


Se estima que reemplazar un empleado cuesta entre el 50% y el 75% de su salario anual. Llevémoslo a nuestro contexto: un colaborador que gana 2.5 millones al mes representa una pérdida de entre 15 y 22 millones cuando se va. No es un número menor — y eso sin contar los errores que comete el reemplazo mientras aprende.



Segunda pérdida: el crecimiento que se estanca


Algo que hemos visto con frecuencia es que los hoteleros que tienen propiedades en varias ciudades siempre tienen el mismo patrón: el hotel que mejor funciona es donde más tiempo pasan o donde viven. La razón es simple — le dedican más atención al que más frecuentan. Y eso estanca el crecimiento del resto.


La cabeza no se duplica. No puedes estar en dos lugares al mismo tiempo. Sin procesos, lo único que crece son los problemas. Con procesos, puedes revisar unas métricas clave desde donde estés y tener la certeza de que las cosas avanzan sin tu presencia física.


Conocemos el caso de Casa de Corazón, un negocio que empezó con una sola sede y el mismo problema que tiene la mayoría: todo dependía de quien lo fundó. Cuando decidieron documentar sus procesos centrales, algo cambió. Hoy tienen seis ubicaciones operando con una calidad consistente en todas, y más de 650 personas beneficiadas. El fundador no tuvo que clonarse — tuvo que soltar el control y confiar en el sistema que construyó.


El paralelo para hotelería es directo: la única manera de llegar a tener tres propiedades que funcionen bien es haber dejado de ser el hotel en la primera.



Tercera pérdida: el valor del activo


Hay algo que muy pocos hoteleros tienen en cuenta al momento de pensar en su propiedad como activo: un hotel no vale más por su ubicación, ni por el flujo de caja que genera, ni por el crecimiento de la demanda turística en su zona. Un hotel vale más cuando no depende del hotelero para funcionar.


El comprador que llega a negociar lo sabe perfectamente. Si percibe que sin el dueño actual la operación se cae, aplica un descuento — y ese descuento es exactamente el costo cuantificado de que tú seas el hotel. La pregunta que se hace cualquier comprador serio es una sola: si el hotelero se enferma mañana y no puede trabajar por tres meses, ¿quién está al frente para que el negocio siga funcionando?


Si la respuesta no es clara, el precio baja. Así de simple.


Cuarta pérdida: quedarse obsoleto


Los negocios son organismos vivos que buscan sobrevivir en un entorno que cambia todos los días. Llega más competencia, los huéspedes son más exigentes, las plataformas actualizan sus algoritmos, aparecen nuevas herramientas. El hotelero sin procesos documentados no puede adaptarse a nada de eso — porque ni siquiera tiene el lenguaje para describir lo que hace hoy, mucho menos para cambiarlo.


Lo hemos visto de cerca con la llegada de los channel managers, con Airbnb, con el revenue management dinámico. Los hoteleros que tenían sus procesos claros los actualizaron e integraron las nuevas herramientas. Los que no los tenían simplemente siguieron haciendo lo mismo, esperando que el mercado los perdonara.


El proceso no es una foto fija — es lo que le permite a un hotel evolucionar sin perder consistencia. Sin él, el tiempo no juega a tu favor.


Finalmente como se deja de ser el hotel: 


A finales del siglo XIX, el economista italiano Vilfredo Pareto observó que el 20% de las causas produce el 80% de los resultados. Ese principio aplica directamente a lo que estamos hablando: no se trata de documentar cada paso de cada tarea, porque ese camino termina en un documento de 800 páginas que nadie quiere leer. Se trata de identificar qué es realmente importante y plasmarlo de forma que sea digerible, fácil de entender y fácil de seguir.


Un ejemplo de lo que no debe entrar: cómo doblar la toalla en la mitad de la cama. Ese nivel de detalle no le agrega valor a nadie — ocupa espacio, distrae y le da al proceso una reputación de inútil antes de que alguien lo lea. Lo que sí debe entrar es cómo se hace el aseo completo de la habitación, con su propio checklist que permita validar que todo quedó en perfectas condiciones antes de recibir al siguiente huésped.


La regla es simple: todo lo que se documente debe poderse leer en menos de cinco minutos, con suficiente claridad para que cualquier persona nueva pueda empezar a aplicarlo de inmediato. ¿Te imaginas cómo eso cambiaría tu día a día? ¿Y cuánto dinero te ahorraría?


Teniendo eso claro, el paso a paso para dejar de ser el hotel y convertirte en el hotelero que tiene el hotel es el siguiente:


Entrenar (Train) — no solo al nuevo cuando llega, sino al equipo completo, ahora. El proceso documentado no sirve de nada si la mitad de los colaboradores nunca lo vio. Hay que verificar que lo entendieron y pedir un compromiso explícito de seguirlo.


Medir (Measure) — en tres dimensiones: si se hace bien (¿el check-in se completa con saludo por nombre?), si se hace con suficiente frecuencia (¿se envía el mensaje post-estadía en todos los casos?), y si produce el resultado esperado (¿el rating mensual en Airbnb está por encima de 4.6?). Sin medición, el proceso existe solo en el papel.


Acompañar (Manage) — no se trata de castigar cuando algo no se cumple, sino de hacer seguimiento cercano. Conversaciones uno a uno cuando algo falla, no regaños en público. El proceso se sostiene con liderazgo, no con miedo.


Revisar (Update) — al menos una vez al año por proceso, repartido entre los responsables por trimestre. Este es el paso que casi todos abandonan primero, y es el que decide si el hotel evoluciona o se queda donde está.


Hay algo que vale la pena decir con honestidad antes de cerrar este punto: es posible que al inicio de este camino sientas un retroceso. Sería normal. Los cambios reales son dolorosos, y este en particular exige renunciar a la forma en que venías haciendo las cosas — a la comodidad de ser el centro de todo, que aunque agota, también da una sensación de control que cuesta soltar.


Lo hemos visto documentado. Kitewire, una empresa que aparece en el libro Process, llevaba años estancada en cuatro millones de dólares en ventas. Cuando decidieron instalar disciplina de procesos, el primer año cayeron a 3.2 millones — casi un 20% menos. Fue incómodo. Pero en los tres años siguientes crecieron un 80% anual, y una década después vendieron la empresa a un precio que le dio libertad financiera al fundador.


El retroceso es parte del camino. Lo que está del otro lado vale el trabajo.Volvamos a la pregunta con la que abrimos: si mañana te tomaras un fin de semana largo sin teléfono,


¿qué pasaría en tu hotel?


Imagina que es viernes a las cuatro de la tarde y el lunes es festivo. El hotel está al 100% de ocupación. Tu celular no ha sonado en cuatro horas. Las llegadas de la tarde se están dando solas. Las dos quejas que entraron por temas de habitaciones las resolvió el equipo sin consultarte. El desayuno del fin de semana está coordinado. Nadie te ha llamado, nadie te ha escrito, nadie necesita que vayas.


Y todo está funcionando exactamente como lo pensaste.


Eso es lo que el proceso ofrece: un hotel que no te necesita para operar. No es un truco ni una promesa de manual — es el resultado concreto de haber documentado, entrenado, medido, acompañado y revisado durante el tiempo que tomó. Es lo que te permite estar en otro lugar un viernes a las cuatro de la tarde, haciendo lo que quieras con tu tiempo — que hoy, seamos honestos, está completamente atrapado dentro de la operación.

La pregunta que te dejamos no es si el proceso funciona. La pregunta es cuándo vas a empezar.

 
 
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