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Vender una noche o crear una experiencia

  • Foto del escritor: Simón Gaviria
    Simón Gaviria
  • 19 jun
  • 8 min de lectura

Desde Tripby lo vemos casi todas las semanas: hoteleros convencidos de que compiten por precio. Bajan la tarifa diez mil pesos porque el de al lado la bajó quince, entran a una guerra que nadie gana, y al final del mes la ocupación subió pero el margen desapareció. Lo peor no es la plata que dejaron sobre la mesa. Lo peor es que el huésped que entró por precio se va por precio — y al mes siguiente está durmiendo en otro hotel que le ofreció diez mil menos.


Hay una pregunta que casi nadie se hace: ¿y si el huésped no estuviera comparando tu tarifa contra la del vecino, sino comparando toda la experiencia de quedarse contigo contra todas las que ha vivido en su vida?


Esa idea no es nuestra. La desarrolla Nicholas Webb —autor del libro— en What Customers Crave («Lo que los clientes anhelan»), publicado en 2016 y que seguimos recomendando porque, aunque parte del comercio en general, describe con una precisión incómoda lo que le pasa a un hotel independiente hoy. Su tesis se puede resumir en una frase: el poder ya no lo tiene quien vende, lo tiene quien compra. Y en un mundo donde cualquiera abre Booking y compara doce hoteles en treinta segundos, ganar dejó de ser "dar buen servicio". Ganar es diseñar una experiencia que el huésped quiera repetir y contar.


Te queremos compartir cómo aterrizamos ese marco a la realidad de un hotel, con lo que hemos visto operando propiedades reales.


El error que cometemos todos: segmentar al huésped por lo que no importa


La mayoría de hoteleros, cuando les preguntas por sus clientes, responden con demografía: "vienen ejecutivos", "vienen parejas", "viene turismo de región". Webb es tajante con esto, y nosotros lo confirmamos en la operación: el sexo, la edad o la nacionalidad del huésped no te dicen casi nada útil. Lo que de verdad cambia el negocio es entender, con algo de obsesión, qué ama y qué odia cada tipo de huésped.


Y "tipo de huésped" no es un dato del PMS — es un comportamiento. En los hoteles que acompañamos distinguimos al menos cuatro que conviven en la misma propiedad:


● El que busca precio. Reserva por precio y odia, sobre todo, las sorpresas en la factura.


El de experiencia. Paga más con gusto si siente que la estadía está cuidada, y odia lo genérico.


El corporativo. Ama la eficiencia, odia perder cinco minutos en un check-in lento.


El de fin de semana. Vino a desconectarse y odia sentir que está en un trámite.


Y hay un dato que cambia toda la ecuación: en Colombia la ley garantiza apenas 15 días hábiles de vacaciones al año, y el promedio de la región no es muy distinto —la OIT calcula unos 14 días para quien lleva un año en su empleo. De los 365 días del año, el huésped reservó contigo uno de esos pocos días contados. Nadie sale de casa con tan poco tiempo libre para pasar un mal rato: sí o sí quiere una experiencia que valga cada hora. Esa es la presión —y la oportunidad— con la que llega a tu recepción.



La misma habitación, el mismo precio, cuatro personas que quieren cosas distintas. Webb cuenta que cuando Apple lanzó el iPhone 6 sacó cuatro modelos, no por capricho de ingeniería, sino porque había identificado cuatro tipos de cliente y le construyó uno a cada uno. No necesitas el presupuesto de Apple para hacer lo mismo en tu hotel. Necesitas dejar de tratar a los cuatro como si fueran uno.

 

Lo vivimos en carne propia. En Medellín tomamos la decisión de dejar de operar un hotel justamente porque el dueño nunca entendió esto. Mes a mes era el mismo dolor de cabeza: malas calificaciones por una cama mal tendida, agua que no salía caliente o una recepción que no atendía como debía. Era un gran producto mal operado. El hotelero no quería invertir en la propiedad —solo sacarle flujo de caja para llevarlo a otro lado— y ese desgaste terminó costándole el activo: cuando quiso venderlo, ya nadie lo quería. El precio nunca fue el problema; la operación sí.


Los cinco momentos donde se gana o se pierde al huésped


Esta es, para nosotros, la parte más útil del libro. Webb propone que la experiencia no es un evento — es un viaje de cinco momentos. Y la trampa es que la mayoría de hoteles son buenos en uno o dos, y descuidan el resto sin darse cuenta de que ahí, justamente ahí, se les está yendo la próxima reserva.


Webb cuenta que asesoró a una marca de carros de lujo que llegó a mapear ¡632 puntos de contacto! Un plan así es imposible de ejecutar. Por eso él reduce todo a cinco. Así los traducimos a hotelería:


1. El pre-momento — tu anuncio en las OTAs.


El huésped te conoce mucho antes de pisar la recepción. Tu primera habitación son tus fotos, tu descripción y tu posición en Booking, Expedia o Airbnb. Aquí es donde decide si entras o no entras a su lista. Un hotel de 16 habitaciones en Chapinero con el que trabajamos estaba en un solo canal y mal posicionado; hoy está en seis canales bien optimizados. Y las fotos no son un adorno: los hoteles con imágenes profesionales reciben hasta un 63% más de reservas que los de fotos de baja calidad (Expedia), y publicar al menos una buena foto puede elevar las consultas de reserva en más del 200%. La experiencia no empieza en el check-in. Empieza en la búsqueda.


2. El primer momento — el check-in.


Como dice Webb citando a su mamá: la primera impresión dura toda la vida. Los primeros tres minutos pesan más que las tres noches siguientes. ¿El huésped llega y lo estaban esperando, o llega y siente que interrumpe? Disney lo entendió hace décadas: en sus hoteles, cada miembro de la familia es recibido como invitado especial desde que cruza la puerta. Las grandes cadenas lo tienen vuelto método: en el Ritz-Carlton el huésped recibe un saludo cálido y sincero, lo llaman por su nombre y hasta encuentra una nota escrita a mano de bienvenida; Marriott lo recibe con un pequeño detalle apenas llega. No hace falta ser Disney ni tener su presupuesto — basta saber el nombre del huésped antes de que lo diga.



3. El momento núcleo — la estadía.


Es lo obvio, y por eso casi nadie lo audita en serio. La cama, la ducha caliente, el wifi que de verdad funciona, el silencio a las once de la noche. Aquí no buscas asombrar; buscas que nada falle, noche tras noche. Webb pone de ejemplo a Trader Joe's, una cadena de mercados que renueva la experiencia con cada temporada y mantiene a su gente contenta. La consistencia no es aburrida — la consistencia es la experiencia.

 

Un hotel que acompañamos lo entendió perfecto: estaba sobre una calle principal y de noche entraba mucho ruido, así que las quejas por bulla eran constantes. La solución no fue una remodelación millonaria, sino empezar a entregar tapones de oídos en la recepción para usar en la noche. Las calificaciones mejoraron drásticamente y las quejas por ruido cayeron un 76% —gracias a un detalle que costaba un dólar. Ese es el momento núcleo bien cuidado: no se trata de asombrar, sino de que nada falle.

 

4. El último momento — el checkout y la reseña.


Acá está el error más caro del hotelero independiente: tratar el checkout como el final. Webb dice algo que nos quedó grabado — idealmente nunca debería haber un último contacto, porque siempre deberías estar buscando el siguiente. El checkout es el principio de la próxima reserva. Cómo y cuándo pides la reseña define tu reputación de los próximos seis meses. Pedirla en el momento correcto, a la persona correcta, fue una de las palancas que más movió la ocupación de ese hotel de Chapinero: pasó de 53% a 75%.


5. El momento post — lo que pasa cuando ya se fue.


Webb le da nombre propio a este momento, y con razón. El huésped que se fue contento es tu mejor canal de marketing — si le das un motivo para acordarse de ti. Aquí nos acordamos de un hotelero en Barranquilla, bastante particular: le preguntaba la fecha de cumpleaños a cada huésped y ese día, sin falta, a las 7 de la mañana, lo estaba felicitando. ¿Su lógica? Que todo el mundo se acordara de él al momento de viajar. Eso es exactamente el momento post bien hecho.


Cuando dibujas tu hotel sobre estos cinco momentos, dejas de apagar incendios sueltos y empiezas a ver, con claridad incómoda, en cuál de los cinco estás perdiendo al huésped. Casi siempre es el cuarto o el quinto.


La experiencia del huésped nunca será mejor que la de tu equipo


Hay un punto del libro que nos parece el más subestimado: la cultura. Webb lo dice con una imagen sencilla — entras a cualquier negocio y en segundos sabes si vas a tener una buena experiencia, solo por la cara de quien atiende. Lo demás es decoración.


Esto lo vemos todo el tiempo. Un hotel impecable con una recepción amargada entrega peor experiencia que un hotel modesto con gente que de verdad disfruta atender. Por eso, en varias propiedades montamos un sistema donde el personal gana puntos atados directamente a las reseñas positivas de los huéspedes — donde un punto equivale a un valor real para el colaborador. No es un truco motivacional. Es alinear lo que tu equipo siente con lo que tu huésped vive. Este sistema lo implementamos con cada hotel desde el primer día que trabajamos juntos: no nos limitamos a operar tarifas, nos interesa que el hotel mejore como unidad. Cuando recepción y aseo entienden que su trabajo se traduce en una estrella más, la experiencia deja de depender de que tú estés supervisando y empieza a sostenerse sola.


Y ojo: el hotelero de Barranquilla felicitando cumpleaños es un ejemplo donde su presencia suma valor. El problema es cuando esa misma persona también insiste en entregar personalmente cada habitación en el check-in o supervisar cada salida — cosas que su equipo podría hacer perfectamente con el proceso correcto. La experiencia memorable se diseña; no se hace a pulso del dueño.



Qué documentar y qué no (la regla de los cinco minutos)


Después de todo esto, la pregunta natural del hotelero es: "bueno, ¿y cómo lo hago sin volverme loco?". Y aquí aplica un principio viejo. A finales del siglo XIX, el economista Vilfredo Pareto observó que el 20% de las causas produce el 80% de los resultados. En experiencia del huésped pasa igual: no se trata de coreografiar cada gesto, sino de identificar los pocos momentos que de verdad mueven la aguja y volverlos infalibles.

No necesitas un manual de 800 páginas sobre cómo doblar la toalla. Necesitas claridad sobre cinco cosas:


  1. Cómo se ve y se describe tu hotel en las OTAs.

  2. Cómo se recibe a cada tipo de huésped en el check-in.

  3. Qué no puede fallar nunca durante la estadía.

  4. Cómo y cuándo se pide la reseña.

  5. Qué pasa con el huésped una vez se va.


Si puedes responder esas cinco con un proceso claro que cualquier persona nueva entienda en menos de cinco minutos, ya estás por delante del 80% de tus competidores.


Vuelve a la pregunta del principio


Imagina a un huésped cualquiera. Te encontró en Booking porque tus fotos lo convencieron. Llegó y lo recibieron por su nombre. Durmió bien las tres noches, sin un solo detalle fuera de lugar. Al salir, le pediste la reseña en el momento justo y la dejó con cinco estrellas. Una semana después le llegó un mensaje tuyo, y sonrió. El mes entrante, cuando un amigo le pregunte dónde quedarse en tu ciudad, va a decir tu nombre sin dudarlo.


Ese huésped no volvió por tu tarifa. Volvió por la experiencia. Y trajo a tres más.


Esa es la cancha donde de verdad se juega la ocupación — no en una guerra de descuentos que te desangra el margen, sino en cinco momentos que puedes diseñar desde hoy.


Así que te dejamos la única pregunta que importa, hotelero: la próxima vez que un huésped reserve contigo, ¿le vas a vender una noche… o le vas a crear una experiencia que no pueda olvidar?

 

 
 
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